sábado, noviembre 29

VOLUNTARIADO JUVENIL VICENTINO.

El carisma vicentino es vivido también por los jóvenes, en el VOLUNTARIADO JUVENIL VICENTINO (VOLJUVI) que es la “organización de jóvenes que buscan la realización cristiana, mediante su trabajo por la promoción integral de los más necesitados, según la doctrina y ejemplos de San Vicente de Paúl”. El Voljuvi es una evolución de las Luisas de Marillac. “La base fundamental de Voljuvi será Jesucristo y el Evangelio, viviendo concretamente según la espiritualidad vicentina, que se sintetiza en el amor a Dios probado en el servicio al prójimo, mas que una doctrina un carisma nuevo, es un estilo de vida, y tiene como punto dereferncia, el texto del Evangelio de San Lucas (10,25-37), el buen samaritano.

Nuestro carisma es la opción por los pobres, según la práctica de San Vicente.
Es un carisma esencial en la Iglesia, que es la Iglesia de los pobres.
Este carisma se ha vivido de diferentes modos y con distinta intensidad, de acuerdo a la eclesiología que históricamente ha predominado.
En la eclesiología de hoy, este carisma incluye una clara opción por la justicia, por la dignidad
del pobre, por la defensa de los derechos humanos, por la participación, la autopromoción, la
liberación.
Requiere también una clara conciencia de la dimensión política de la fe, una búsqueda del
bien común, y una presencia activa de los seguidores de Jesucristo en la construcción de una sociedad más igualitaria, justa y libre.
El carisma vicentino se vive en la lucha diaria contra la injusticia y la opresión. Estando al lado de los pobres, haciendo nuestra su causa, que es la de su dignificación y realización integral.

El carisma vicentino, exige una preferencia por los métodos que usó Jesús y que fueron
también los que empleó Vicente. Como dice hermosamente el Documento de base de las
Voluntarias, el amor vicentino es “un amor sencillo, un amor humilde, un amor cordial, un
amor creativo, un amor que se arriesga” . No es el poder, el dinero, el prestigio, la arrogancia, lo que hace eficiente el carisma vicentino, sino le actitud de servicio, la amistad que acoge, la sinceridad en “darse”, que resulta del “vaciarse de sí mismo y dejarse llenar de Dios”, como decía Vicente, seguramente comunicando lo que para él era “su experiencia y su fe”.
El carisma vicentino me pone bajo el juicio de los pobres, según la enseñanza de Jesús en el conocido pasaje del juicio final (Mt 25, 31ss). Por eso Vicente repetía que los pobres son nuestros jueces, que ellos nos juzgarán. Vicente supo unir misión y caridad, que en términos de hoy quiere decir que es necesario unir
evangelización y diaconía. Que todo anuncio de la Buena Nueva, conlleve el compromiso liberador con el hermano. El carisma vicentino, en su Fundador, unió el amor afectivo con el amor efectivo. La justicia y la misericordia, diríamos quizás nosotros hoy. Siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, es bueno sentir compasión por el pobre, por el hermano marginado, pero hay que enjugarse las
lágrimas y pasar a la acción en favor del hermano que nos necesita. El carisma vicentino hoy, debe enriquecerse y actualizarse con le doctrina del Vaticano II, de Medellín y Puebla, y con las grandes líneas de la Enseñanza social de la Iglesia.

El carisma vicentino, exige testimonio de vida, coherencia continua. Y esto es una llamada para los que no somos tan jóvenes, de manera que los jóvenes vean en nosotros, hermanos mayores, que con su ejemplo van mostrando el camino a los hermanos menores. El carisma vicentino, que es carisma de Iglesia, ha entusiasmado a muchos jóvenes, desde San Vicente hasta nuestros días, y ese carisma lleva en sí, el germen de la omnipotencia de Jesucristo, pero es necesario saberlo presenta a los jóvenes de hoy, de manera que los entusiasme y les dé a ellos verdaderamente “ razones para vivir y razones para esperar”. Jesús con su ejemplo y con su palabra nos dice que la vida se gana, cuando se gasta desinteresadamente en favor de los otros. Por eso el bello aforismo de que “El que no vive para servir, no sirve para vivir”. La vivencia del Evangelio, al modo de Vicente de Paúl, hoy en América Latina, pide y engendra un nuevo tipo de espiritualidad. Es la espiritualidad liberadora, la de ser contemplativos en la
acción, o mejor en la liberación. La santidad de “Vicente de los Pobres”, fue la santidad del amor que se transforma en servicio concreto al hermano que tiene necesidades. Vicente fue un contemplativo en la acción, él se ganó el cielo con el esfuerzo de sus brazos y con el sudor de su frente, pues él no se contentó con amar de palabra sino con obras y de verdad. Y como fuente y origen de toda esa enorme actividad estaba su entrega a Jesucristo, evangelizador de los pobres.
Hay que difundir el carisma de San Vicente, pues hoy, más que nunca, tiene gran actualidad, no sólo por la situación social que vivimos, sino por la renovación de la fe y de la Iglesia, que desencadenó el Concilio Vaticano II. Los momentos coyunturales que se avecinan: la celebración del IV Centenario del nacimiento de Santa Luisa; los 500 años de la evangelización de América, y la proximidad del tercer milenio, deben ser para la Familia Vicentina, un tiempo de gracia, un “kairos”, en el que renovados en el seguimiento de Jesucristo, tras las huellas de Vicente de Paúl, compartamos nuestra experiencia de fe con los laicos, especialmente con los jóvenes.

Urge incrementar el trabajo vicentino con los jóvenes, tanto en los grupos juveniles, como en la formación escolarizada. Sobra decir que comunicar el carisma vicentino y difundirlo, no es compartir solamente ideas y pensamientos sobre Vicente y su obra, sino comunicar una experiencia personal, de una fe que se vive en el amor y servicio a los más pobres. Es presentar una forma de realización personal viviendo el amor efectivo y contribuyendo así a le construcción de un mundo, donde haya una presencia más evangélica del amor y la justicia que Jesucristo nos trajo.

La formación de los laicos, es una de las urgencias pastorales que nos plantea la nueva evangelización (85). Los que hablamos ya, de que “la juventud está en el corazón”, debemos imponernos la tarea de renovar nuestro carisma vicentino, de comunicarlo a los verdaderamente jóvenes, desde “nuestra fe y nuestra experiencia”, y de dedicar un tiempo prioritario a la formación de estos jóvenes, para que ellos sean a su vez, los evangelizadores de sus compañeros. La llama que prendió Vicente, debe pasar de mano en mano para iluminar y calentar al mundo con la caridad de Jesucristo. La historia de amor, de servicio, de entrega por los más pobres, que empezó en Chatillon, tiene que seguir adelante. Los seguidores de Vicente de Paúl, hoy en América Latina, tenemos el gran reto, de presentar a los jóvenes el carisma de Vicente de una manera actualizada de manera que realmente los entusiasme y les pueda dar verdaderamente “razones par vivir y razones para esperar.” Es necesario ser creativos y probar en nuestra pastoral con los jóvenes que realmente,

“EL AMOR ES INVENTIVO HASTA EL INFINITO”.



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