lunes, noviembre 24

CARTA DE ADVIENTO


A todos los miembros de la Familia Vicenciana

Queridos Hermanos y Hermanas,

La gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo llenen sus corazones ahora y siempre.

“Y no había lugar para ellos.”

Este título está tomado del evangelio de San Lucas, capítulo 2 versículo 7, tan familiar para todos nosotros. Se proclama en la misa de medianoche de Navidad. Este Adviento, queridos Hermanos y Hermanas, me gustaría reflexionar sobre este pensamiento de que no había lugar para ellos, lugar para los demás. No había lugar. Se deja fuera a aquellos de los que no se preocupa nadie: los rechazados. Jesús mismo nació en esta situación y la experimentó a lo largo de toda su vida, hasta el final, cuando murió rechazado, como un criminal, en una cruz.

Jesús, especialmente en el evangelio de Lucas, muestra su solidaridad con los rechazados y con los marginados. En su tiempo eso eran los leprosos: rechazados, maltratados, ridiculizados. El Adviento, hermanos y hermanas, nos da la oportunidad de reflexionar seriamente sobre qué somos nosotros como discípulos de Jesús. Él nos ha llamado a seguirle, pero no de lejos, a su sombra. Nos ha llamado a seguirle pegados a sus talones, es decir, tan cerca que experimentemos el espíritu que le movió a Él a hacer la voluntad del Padre.

Este Adviento quiero recalcar la voluntad de salir de nosotros mismos para acercarnos a los olvidados, a los rechazados, a aquellos a los que no se les deja lugar. Siendo formador en la misión de Panamá, como superior, solía dar a los cohermanos panameños la oportunidad de pasar unos días con su familia durante el tiempo de Navidad, aprovechando el hecho de que los estudiantes estaban también de vacaciones. Solía entonces participar en las responsabilidades pastorales: tres o cuatro misas cada día durante la semana de Navidad. Verdaderamente, sentía la ausencia de los seminaristas y de los Formadores. Sentía la soledad.

Durante unos cuantos años, en este tiempo, me juntaba con bastantes personas. Una de estas era un prisionero encarcelado por tráfico de drogas pero que tenía permiso para pasar los fines de semana con nosotros haciendo un servicio social como recompensa por su buena conducta en la cárcel. Había también un jinete profesional joven que se había visto obligado a abandonar su país y su familia implicado seriamente en operaciones ilegales. Había también una joven que vivía en el interior del país de Panamá, pero que, por su trabajo, no podía viajar para pasar estos días con su familia.

La víspera de Navidad, nos reuníamos con ellos y con algunos otros. Teníamos primero una Eucaristía y después volvíamos a casa para preparar la comida que compartíamos con la gente de la calle de nuestro barrio. Después solíamos cantar algunos villancicos. Ellos bailaban y se divertían para celebrar regocijados que Jesús había nacido en sus vidas.

Hermanos y Hermanas, al prepararnos para recibir más íntimamente a Cristo en estas fechas, me gustaría pedirles que consideren qué espacio van a ceder a los que no tienen lugar.

En mis últimas visitas a la Familia Vicenciana por el mundo, me he sentido sacudido, abrumado estaría mejor, por la situación de los marginados y de los rechazados. Mi primera experiencia fue en Madagascar. Hay una tribu que ha sido rechazada por la sociedad durante más de 500 años. Son los considerados por el resto de la sociedad como “perros” como me dijo uno de los misioneros. Uno de nuestros cohermanos franceses fue precisamente el que les mostró su solidaridad yéndose a vivir con ellos, compartiendo con la tribu su vida y su comida. Según me aseguran, él les dijo: “mirad, yo también soy un perro”. Hoy, la Familia Vicenciana y en particular otro cohermano de la misión de Madagascar, está trabajando con los hijos de los descastados para integrarlos poco a poco en la sociedad. No es una tarea fácil. Nadie quiere hablar de los excluidos. Nadie quiere admitir siquiera que existe ese problema.

En mi experiencia en el Congo, aprendí bastante sobre las tribus de descastados que viven allí, los pigmeos: viven solamente para servir a los demás. Ellos mismos se esclavizan. Piensan que ese es su destino. Viven en las afueras de las poblaciones; se mantienen a distancia del resto de la gente. Cuando uno se encuentra con ellos, bajan la cabeza.

Recientemente, leí el sumario de la Tesis de uno de nuestros cohermanos Nigerianos que trata de una tribu descastada, los Osu. La discriminación por parte de la gente de su propio país es increíble.

Me ha hecho pensar y reflexionar: no es justo que semejante discriminación ocurra en ciertos países. En todas nuestras sociedades hay descastados, que están marginados. Relacionarse con ellos se considera un tabú. Son aquellos para los que no hay lugar.

Las distintas formas de discriminación, el rechazo de unos contra otros es una forma de racismo. El racismo en sí mismo es una manifestación de miedo a lo desconocido, miedo a los que son distintos. Se manifiesta en prácticas intencionadas o en procesos espontáneos hacia otros grupos sociales como consecuencia de actitudes negativas.

Desde muy temprano, todos vamos formando prejuicios condicionados por nuestra cultura. Solamente podemos superarlos al aparecer nuestra conciencia. Necesitamos conocer a los demás dejando nuestros miedos a un lado. Con frecuencia se trata a la gente de una forma inhumana, cruel y degradante simplemente por ser diferente.

Estas son las mayores dificultades con las que se encuentran los inmigrantes por todo el mundo. Recientemente leí un informe relacionado con la discriminación de los inmigrantes en Libya y la de los filipinos en varios países. Esta clase de racismo o discriminación, con frecuencia se usa para legitimar distintas formas de esclavitud o explotación acompañada, a veces, incluso de violencia. Tenemos que reconocer que el racismo en sí mismo es más que un simple sentirse superior racialmente. Es una estructura de dominación social, política y económica. Como cristianos creemos en el amor universal de Dios. No podemos permitir o tolerar estas formas de exclusión o de discriminación.

Pido y espero que este Adviento pueda ayudarnos a profundizar nuestro compromiso de seguidores de Jesucristo evangelizador y servidor de los pobres, particularmente de los abandonados, los descastados y los marginados. Afortunadamente, de una forma u otra, podemos compartir su soledad, su exclusión y su humillación cuando son considerados menos que los demás. Y sintiendo nuestra solidaridad con ellos, podemos vivir juntos el significado de Navidad más unidos a Él que nació en un mundo en el que no le habían dejado lugar.

Hoy Cristo continúa naciendo en la misma situación y nos ha convocado a nosotros para seguir sus huellas de cerca haciéndonos uno con los olvidados, los abandonados, los aíslados, los descastados, los excluídos.

En mi última visita a un campo de refugiados de Tailandia, los jóvenes me dirigieron esta súplica que considero válida para todos nosotros: “Manténganos presentes en sus oraciones, Padre. No nos olvide o nos abandone como lo han hecho otros”.

El tema de aquellos para los que no hay lugar, hermanos y hermanas, es de mucha importancia, tanta que yo la voy a seguir meditando a lo largo de todo el año, particularmente en la conferencia de Cuaresma como preparación para la celebración de la resurrección de Jesucristo príncipe universal de la paz.

Que María, la madre de Dios y madre nuestra, nos guíe suavemente a conformar nuestras vidas con la de su Hijo.

“... y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo colocó en el pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada.” Lucas 2:7


Su hermano de San Vicente


G. Gregory Gay C.M.
Superior General

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