domingo, julio 17

REVESTIRSE AL GUSTO DE NUESTRA MADRE: NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

(Padre Antonio Orozco)
«Creemos que entre estas formas de piedad mariana deben contarse expresamente el Rosario y el uso devoto del Escapulario del Carmen. Esta última práctica, por su misma sencillez y adaptación a cualquier mentalidad, ha conseguido amplia difusión entre los fieles con inmenso fruto espiritual». (PABLO VI, Exhortación Marialis Cultus).

Hay en Palestina, al sureste de Haifa, un monte calizo de más de quinientos metros de altura llamado Carmelo (voz derivada de kerem, viña fértil o bello jardín de árboles). Allí se contemplan abundantes manantiales que embellecen el lugar con rica y variada flora: laureles, mirtos, encinas, tamarindos, algarrobos, cedros, pinos, lentiscos...
La Sagrada Escritura celebra la belleza del Carmelo, pequeño paraíso donde el profeta Elías defendió la pureza en la fe de Israel, con aquel milagro del toro que, empapado, ardió en el altar...

Después, la fe cristiana germinó para el mundo una rica espiritualidad en la que no podía faltar un gran amor a la más bella flor de la creación, llamada por el pueblo cristiano Flor eterna, Flor de las flores, Flor de género humano, Flor de la inocencia, Flor de las vírgenes, y también Flor del Carmelo. Nosotros la invocamos como Nuestra Señora del Carmen, y celebramos su fiesta el 16 de Julio.
Desde aquella cumbre se divisa amplio el mar. La Madre contempla a sus hijos navegantes; vela, y ellos lo saben. Quizá por eso la Virgen del Carmen es invocada como singular protectora de cuantos del mar viven. La mar compite con el cielo y la tierra en alabanzas a la Reina y Señora de todo lo creado, Emperatriz del Universo.
El mar inmenso es igual y distinto. En ocasiones el sol se apaga, cae la niebla o la noche, ruge la galerna. Entonces los hombres alzan su mirada y ven -cualquiera que sea la dirección de la brújula en la rosa de los vientos- una Estrella tal que cuanto más cerrada es la oscuridad, más densa la niebla o procelosas las aguas, más intensa y límpida brilla en lo alto. El ánimo se sosiega; cada uno en su puesto, cumple seguro su tarea con la esperanza cierta, sin temor alguno, con un cantar en el pecho, de verso veraz y aire festivo:

Al marinero en la mar
nunca le falta una pena:
ya se le rompe el timón
ya se le rifa la vela.

No es para desesperar: es el Amor de Dios que conduce al conocimiento propio, a la humildad, e invita a mirar al Cielo, a la Estrella del Mar que nos habla del puerto final que da sentido a nuestro bregar contra viento y marea; y nos recuerda que no hay huracán ni ola tan brava que pueda hacer naufragar su Corazón Dulcísimo. La barca sigue enhiesta, rumbosa, tan gozosa en la borrasca como en la bonanza, porque todo es obra o permisión de Dios, para que los del mar sean gente recia, vigorosa, de manera que un día puedan entrar en Dios, Santidad infinita.
No hay que preocuparse si hay tiempos de dificultad, si a veces parece que todo se hunde, o que el viento es más fuerte que nuestras fuerzas.

A la sombra de un navío
me puse a considerar
las fatiguitas que pasa
un marinero en la mar.

A la luz de la Estrella, comprendemos que «fatiguitas» son todos nuestros agobios. Y si acaso, ante el riesgo de zozobra, se colase de rondón el miedo en el alma, sería también ése un momento glorioso, providencial: «En la oscuridad de la noche, cuando un niño pequeño tiene miedo, grita: ¡mamá! -«Así tengo yo que clamar muchas veces con el corazón: ¡Madre!, ¡mamá!, no me dejes» (SAN JOSÉ MARÍA ESCRIVÁ, Via Crucis, IV, 3). Sólo los niños y los que se hacen como niños entrarán en el Reino de los Cielos, Palabra de Dios.
¡Mar adentro!

Lo que nunca ha de suceder es añorar la aparente seguridad de la tierra firme. En el contratiempo, la nostalgia de lo sólido es falta de fe. Si alguna vez ha de tocarse un puerto que no sea el definitivo,

debes fondear
pensando en que has de llevar

Siempre prontos a oír la voz del Maestro: ¡Boga mar adentro! (Lc 5, 4). Para la gente marinera, el descanso ha de ser breve: quien se afane en conservar su vida, la perderá; vivir no es necesario, navegar sí. Es preciso hacerse a la mar, afrontar la aventura, encarar a menudo el temporal. Quien mire la Estrella, tendrá siempre claridad en la mente, paz en el corazón, fe firme, esperanza segura, amor encendido. Alcanzará la santidad, requisito indispensable para arribar al Cielo.
¡Qué misterioso es el barco: podría estar navegando ahora mismo por otros mares! ¿Por qué aquí y no allá? ¿Por qué en esta ola y no en otra, ¿por qué bajo la calma exasperante, o bajo truenos y relámpagos, y no en la bonanza gozosa?
La coyuntura no es fruto del azar o del acaso -"acaso", "azar", son palabras vanas-, ni de un ciego determinismo. El determinismo es siempre esclavo de la libertad. Tu situación es una encrucijada de libertades en la que señorea la Libertad de Dios, sapientísima, que amorosamente busca enlazarse con la tuya para conducirte a las honduras de la intimidad divina. ¡Deja el misterio oculto en la Sabiduría infinita! Está seguro de que no serías más feliz en otro mar, en otra ola, bajo otro cielo. Tu coyuntura es óptima. Si es preciso, rectifica el rumbo. Boga mar adentro. Métete por caminos de oración y sacrificio, de trabajo esforzado, de servicio oculto y silencioso a Dios, a quienes te rodean, a la sociedad.

Sólo hay un puerto para los navegantes (incluidos los de la Red).

Sólo hay un puerto: el Cielo eterno. Es también el de los navegantes por la Red electrónica. Si allí no arribáramos, el fracaso sería absoluto e irreversible. Y allá sólo puede entrar lo santo, porque Dios es tres veces Santo, y es natural que diga: «Sed santos, porque yo, vuestro Dios, soy santo» (Lev 19,2). Por fortuna no hay más remedio: navegar hacia la Santidad, con mayúscula. Nos guía la Estrella inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, Madre buena que nos limpia cuando acudimos a su regazo -¡mamá!-, nos lleva de la mano al sacramento del Perdón y nos pone guapísimos para presentarnos dignamente ante el trono de Dios.
El Purgatorio
Pero a veces -¡ay!- nos resistimos, nos falta amor, no somos mortificados, no hacemos penitencia suficiente, y podemos morir en amistad con Dios pero con manchas, con deudas que saldar. Entonces, la Misericordia sin límite lleva el alma al Purgatorio. Son -los de allá- mares de fuego; no como los angustiosos del Infierno, donde no hay esperanza alguna: en el Purgatorio no hay odio, sino conocimiento amoroso de Dios, esperanza certísima de poseerlo un día. Hay mucha luz, mucho amor en el Purgatorio; por eso son tan dolorosas las ofensas cometidas que restan por saldar. En cierto modo, son mayores aquellos dolores que los más grandes de la tierra; sin embargo, quienes allá se encuentran, no los cambiarían por los mayores placeres nuestros. Saben que su dolor los purifica, cauteriza sus heridas, los enciende en amor y los aproxima a la visión de Dios. Así gozan, aunque sea navegando, nadando en mares de fuego. Así debemos gozar nosotros en la tierra con nuestras siempre pequeñas fatigas: el dolor, la enfermedad, el sacrificio que conlleva la fidelidad al deber de cada instante. «Si sabes que esos dolores -físicos o morales- son purificación y merecimiento, bendícelos» (Camino 219).

El Escapulario del Carmen
Así no hay miedo a la vida ni a la muerte. El dolor que contienen es un tesoro inestimable. Y para llevarlo con alegre elegancia nos revestimos al gusto de Nuestra Madre, con el escapulario del Carmen. Así nos hallamos seguros en el lance supremo: quien muera «con este escapulario no sentirá pena de fuego eternamente, y muriendo con esto será salvo». Son palabras de la Virgen Santísima. «No se trata de asuntos de poca monta, sino de la consecución de la vida eterna en virtud de la promesa hecha, según la tradición, por la Santísima Virgen. Se trata, en otras palabras, del más importante de los negocios y del modo de llevarlo a cabo con seguridad». Es la garantía del triunfo absoluto, no por medio de algún mágico amuleto, sino de una prenda que se porta día y noche como «símbolo elocuente de la oración que invoca el auxilio divino y de la consagración al Corazón santísimo de la Virgen Inmaculada» (PIO XII, Carta, con ocasión del centenario del escapulario del Carmen, AAS 42, 1950, pp. 390-391).

Además, ese símbolo acomodado a nuestro modo humano de ser, espiritual y sensible a un tiempo, encierra otra seguridad maravillosa: «Yo soy la Madre de la Misericordia -dice Nuestra Señora del Carmen-, y descenderé al Purgatorio el primer sábado después de la muerte (de quien haya llevado dignamente el escapulario), y lo libraré para conducirlo al Monte Santo de la vida eterna» (JUAN XXII, Bula Sacratissimo uti culmine, 3-II-1932).
¿Quién despreciará, por menuda, cosa que encierra tan firmes y relevantes promesas de la Madre de Dios? ¿Quién dudará de la omnipotencia suplicante de Nuestra Señora del Carmen? ¿Quién sonreirá displicente ante la humildad mariana?

«Creemos que entre estas formas de piedad mariana deben contarse expresamente el Rosario y el uso devoto del Escapulario del Carmen. Esta última práctica, por su misma sencillez y adaptación a cualquier mentalidad, ha conseguido amplia difusión entre los fieles con inmenso fruto espiritual» (PABLO VI, Exhortación Ap. Marialis Cultus).
«Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. -Pocas devociones -hay muchas y muy buenas devociones marianas- tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices-. Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (SAN JOSÉ MARÍA ESCRIVÁ, Camino, 600).

Así pues, la vida es singladura divina; y la muerte, ¡Vida! Y en todo lugar y momento -salvo en el abismo del Infierno- acompaña la Estrella del mar en las bonanzas y en las tempestades; en los fríos y en los calores, en la vida y en la muerte. Y es muy singular lo que acontece cuando el sol luce con claridad meridiana: la Estrella no se va, no se desvanece, mantiene pleno su encanto, el arrebol de su rostro, el brillo de su mirada, la luz de su sonrisa. Con Ella en la mente, en el corazón, en la mirada, podemos salvarnos no sólo del fuego eterno del Infierno, sino también del Purgatorio, y alcanzar el triunfo definitivo en el instante mismo de lo que llamamos «muerte» pero que es el tránsito a la Vida.
«Mas no piensen los que visten el escapulario que podrán conseguir la salvación eterna abandonándose a la pereza y desidia espiritual, ya que el Apóstol nos advierte ‘trabajad por vuestra salvación con respeto y sinceridad’» (PÍO XII, l.c.). Respeto, sinceridad, coherencia vital, unidad de vida, autenticidad... ¡qué estupendas virtudes! De todas es maestra y espejo la Flor del Carmelo, nuestra esperanza.
Vivir no es necesario, navegar sí. Sólo Dios es necesario, pero si vivimos, es necesario navegar hacia la Vida eterna, plenitud de sabiduría y amor.

¡A los remos remadores!
¡Esta es la nave de amores!

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