jueves, marzo 5

AÑO JUBILAR

LAS HIJAS DE LA CARIDAD DE LA PROVINCIA DE BOGOTÁ, GOZOSAMENTE COMPARTIMOS EL AÑO DE GRACIA Y BENDICION, EL AÑO DE JUBILEO.

TAMBIÉN DE FIESTA POR EL ANIVERSARIO DE NUESTRA SANTA FUNDADORA: SANTA LUISA DE MARILLAC.

Al paso de la Divina Providencia se va haciendo fecunda la semilla regada por el Sembrador. A todos los jóvenes que lleguen a ser nuestros lectores con gran alegría les compartimos con espíritu fraterno y como gran testimonio el acontecimiento que celebramos reconociendo la presencia de Dios como guía segura en el camino de tantas y tantas Hermanas que con paso fatigoso por el celo misionero y evangelizador han gastado su vida marcando huellas por los rincones de Colombia.

Hace 376 años nació la Pequeña Compañía en París, Francia, poco a poco haciendo realidad las palabras del Evangelio llegó a los confines del mundo, entre ellos nuestro territorio colombiano. Hace 126 años por sur del país llegaron las primeras Hermanas como semilla fecunda que floreció para luego ser expandida por todo lugar… y en 1959 dar un nuevo paso con la fundación de una nueva provincia, la Provincia de Bogotá. Hoy jubilosa canta las grandezas del Señor y hace partícipes a todos de este maravilloso momento de derroche de bendiciones con la celebración del AÑO JUBILAR por sus 50 años de vida, presencia y fecundidad.

Pero miremos un poco de que se trata esto de una presentación jubilar.
¿Qué es un Jubileo? Un jubileo es un quincuagésimo aniversario, un año especial que se celebra con la exultación en la Iglesia. Es una celebración llena de gozo que tiene sus orígenes en la Historia Sagrada. Siete es el número santo que significa totalidad. Dios creó el mundo en siete días, el séptimo descansó. El día séptimo de la semana o el "Sábado" era el día de santificación para los Israelitas.
Cada séptimo año era también un año de santificación. Siete años siete veces llamaban para un año de celebración que se llamó el Jubileo. Una celebración cada cincuenta años era parte de la ley Levítica y significaba traer un tiempo de justicia, paz y perdón.
Es importante notar que en el calendario bíblico, Cristo vino al mundo en el cuarto milenio, han ocurrido dos milenios de Cristiandad así que el séptimo milenio es un tiempo de Gracia y santificación.
El Jubileo en la Biblia
Cuando los Israelitas recibieron la ley Levítica, el Jubileo vino como un tiempo para proclamar la remisión de los pecados con sonido de trompeta. Fue una celebración de paz, perdón de deudas, liberación de esclavos y gran gozo en la tierra. Fue un tiempo de escuchar al Espíritu de Dios moviéndose con justicia en los corazones de los hombres y trayendo reconciliación.
Se necesitaba una proclamación hecha con el sonido de trompeta para enfatizar la importancia del evento, para hacer conocido a todo el mundo con gozo de que Dios demanda justicia en la tierra, el compartimiento de las riquezas y de que El perdona los pecados.
El Jubileo era un tiempo de la Gracia de Dios que tocaba los corazones de aquellos que escuchaban su Palabra.
Dios insistía en el deber de mantener sus preceptos y juicios en su cumplimiento: para que poder vivir en la tierra sin ningún miedo, y para que tener confianza en su bondad. (Lev 25:18-19)
Levítico 25, 8-19:
“8 Contarás siete semanas de años, siete veces siete años; de modo que el tiempo de las siete semanas de años vendrá a sumar cuarenta y nueve años. 9 Entonces en el mes séptimo, el diez del mes, harás resonar clamor de trompetas; en el día de la Expiación haréis resonar el cuerno por toda vuestra tierra. 10 Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia. 11 Este año cincuenta será para vosotros un jubileo: no sembraréis, ni segaréis los rebrotes, ni vendimiaréis la viña que ha quedado sin podar, 12 porque es el jubileo, que será sagrado para vosotros. Comeréis lo que el campo dé de sí. 13 En este año jubilar recobraréis cada uno vuestra propiedad. 14 Si vendéis algo a vuestro prójimo o le compráis algo, ved que nadie dañe a su hermano. 15 Comprarás a tu prójimo atendiendo el número de años que siguen al jubileo; u según el número de los años de cosecha, él te fijará el precio de venta: 16 a mayor número de años, mayor precio cobrarás; cuantos menos años queden, tanto menor será su precio, porque lo que él te vende es el número de cosechas. 17 Ninguno de vosotros dañe a su prójimo, antes bien teme a tu Dios; pues yo soy Yahveh vuestro Dios. 18 Cumplid mis preceptos; guardad mis normas y cumplidlas; así viviréis seguros en esta tierra. 19 Y la tierra dará su fruto, y comeréis hasta saciaros; y habitaréis seguros en ella.”
Y por supuesto, demos una sencilla mirada al pensamiento de San Vicente, en cuanto al jubileo. Por medio de la correspondencia y conferencias tenemos conocimiento de los Jubileos celebrados en su tiempo. El Santo alude a los correspondientes a 1634, 1636, 1641, 1645, 1648, 1653 y 1656. De éstos merecen nuestra atención tres principales: los convocados en 1641, 1653 y 1656 por Urbano VIII (1623-1644), Inocencio X (1644-1655) y Alejandro VII (1655-1667), respectivamente. El 17 de abril de 1653, Vicente de Paúl hacía esta confesión delante de las Hijas de la Caridad: “Yo he conocido varios Jubileos, pero quizás no les he ganado nunca”1. En cuanto a lo primero no cabe la menor duda. Lo que no consta es que no ganara ninguno. El “quizás” del Santo nos obliga a suspender nuestro juicio, aunque, dado su gran amor a Jesucristo evangelizador de los pobres, con quien deseaba identificarse, nos inclina a pensar que sí ganara alguno. Pero esto sólo Dios lo sabe y no hay por qué gastar tinta en más especulaciones. En octubre de 1641 escribe a Luisa de Marillac: “Me he propuesto hacer un pequeño retiro para el Jubileo, y lo he comenzado hoy. Me encomiendo a sus oraciones”2. Ello demuestra el cuidado que ponía en alcanzar la remisión de la culpa y de la pena temporal merecida por sus pecados.

Aparte su disposición personal, es indiscutible el afán que manifestaba en que otros -los Misioneros, las Hijas de la Caridad y el pueblo sencillo- se prepararan también a recibir debidamente los dones de ese Tiempo de Gracia o Año Santo. Son muchas las comunicaciones que dirige a sus compañeros, en plan informativo, sobre los actos extraordinarios, habidos en la comunidad y fuera de ella, con motivo de los Jubileos. En la carta recién citada, añade al final: "Después del retiro hablaremos de la manera como podrán ganar el Jubileo ellas (las hermanas) y usted también"3.Finalmente, san Vicente se detiene en explicar las condiciones para ganar el Jubileo, tales como confesarse, comulgar, visitar las estaciones señaladas en cada caso, dar limosna y pedir por las necesidades de la Iglesia e intenciones del Santo Padre. Si dichas condiciones se cumplen con espíritu de verdadera conversión, se obtiene el perdón de las culpas y la remisión de las penas temporales.

Ya en estos trozos de correspondencia identificamos a una persona muy especial en la vida y obra de San Vicente y es nuestra santa y amada fundadora: SANTA LUISA DE MARILLAC. Allí se ve la mano prodigiosa de lo Alto para el encuentro de estos dos personajes que marcaron la historia. Historia que hoy sigue latente, pues este TIEMPO JUBILAR lo enmarca precisamente la fecha de su aniversario: 15 de marzo.
Un mínimo acercamiento nos descubre en Luisa una mujer positiva y exuberante en su energía, urgiendo siempre a sus Hermanas a hacer más y hacerlo bien. Pero junto con la actividad, predicó también el amor. Cercana ya a su muerte, escribió a sus Hermanas: "Tengan gran cuidado del servicio de los pobres y, sobre todo, de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras, para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor. "Pidan mucho a la Santísima Virgen, que ella sea su única Madre”.
Estos pensamientos nos lleva a vivir con profundidad, con infinito agradecimiento y donación total a Dios estas fechas que, siendo un alto en el camino, se convierten en un fuerte impulso para continuar la entrega jubilosa en la Compañía de las Hijas de la Caridad, en total consagración a Dios para servir a Nuestro Señor Jesucristo en los hijos predilectos, los pequeños y olvidados.
(Sor Astrid Gómez Peralta, Hija de la Caridad)

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