jueves, diciembre 6


SANTA LUISA Y EL MISTERIO DEL PESEBRE



«Me invitan ustedes al pie del Pesebre para allí encontrarme con ustedes, cerca del Niño Jesús y de su Santa Madre. Tal y como me lo dicen, me parece que, en efecto, allí se encuentran ustedes llenas de amor y unidas a nuestras Hermanas…»

«…y a mí, aunque voy poco, sólo al regreso de Misa. Les diré que este año tenemos el Nacimiento en la gruta pequeña, a los pies de Jesús Crucificado, en un nicho grande que nos parece representa Belén mejor que los otros años…»

«De El (el «Niño Jesús») aprenderán ustedes los medíos para prac­ticar las sólidas virtudes que su Santa Humanidad ejercitó en el Pe­sebre desde su Nacimiento".

«El Hijo de Dios no viene a este mundo de la manera que corres­pondería a su grandeza, sino con las apariencias más bajas que se podrían imaginar, y esto, oh alma mía, con el fin de darnos mayor libertad para acercarnos a El, lo que hemos de hacer con tanto ma­yor respeto cuanto más grande es su humillación.»

«Estando próxima a dar a luz, la Virgen se vio obligada, ante la negativa de los posaderos de Belén, a retirarse a un pobre establo en el que tuvo lugar su santo y divino alumbramiento…»

«Pero, Dios mío, ¿qué preparativos hay allí? ¿Dónde están las personas dispuestas a recibir dignamente a este divino Infante que es Dios y Hombre? Nada de esto se ve, tan sólo la meditación de la Vir­gen y la devoción de San José. Es verdad que nada ni nadie había en el inundo dignos de tal honor. ¿No habría sido injuriaros, Virgen Santísima, que alguno se atreviera a aspirar a tanta dicha, que a Vos sola pertenece por entero?»

«El pesebre es el trono del reino de la santa pobreza. Mucho he deseado ser admitida a él, ya que esta virtud es la que más ama el Rey de los pobres. Lo que puede advertirse al ver que sólo los que lo son verdaderamente Le reconocen. Por eso, manifiesta su nacimiento por voces celestiales, dando así la seguridad de que es Dios mismo quien honra tal estado…»

«Este Dios, al nacer en la oscuridad y desamparado de las críaturas, me enseña la pureza de su amor que, sin manifestarse a los hombres, se contenta con hacer por ellos todo cuanto puede.»

«Virgen Santísima, bien sabéis lo que mi corazón ha pensado hoy al considerar a vuestro amado Hijo en el Pesebre…»

«Si el pueblo de Israel honraba tanto a Moisés por mediación de quien recibía la manifestación de la voluntad de Dios, ¡qué amor y servicio no os debo por haber sido Vos la que habéis dado al mundo el Dios de la ley de gracia!»…

«He ahí que sois Madre de todo un Dios y, sin embargo, no os apartáis de la oscuridad y bajeza; es para confundir nuestro orgullo y para enseñarnos a estimar la gracia de Dios por encima de todas las grandezas del mundo que, ciertamente, comparadas con ella, son despreciables…»

«¡Oh Purísima Virgen! os miro y contemplo hoy como Madre de la gracia, puesto que, no sólo sois la que suministrasteis la materia de la que se formó el sagrado cuerpo de vuestro Hijo, sino que Vos lo disteis al mundo…»

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