sábado, marzo 17

“Padre, he pecado contra Dios y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros."
 «Y volviendo en sí dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!» Volver en sí es el acto fundamental. Tomar conciencia de la realidad. (Alguien ha escrito que el que se aleja de Dios se aleja de sí mismo; al volver en sí, regresa a Dios). Es el inicio que le permite ver las cosas tal como son en realidad. Salir del autoengaño en que vivía. No es un movimiento emocional; es un acto racional. Los jornaleros de su padre son todos aquellos que están cerca de Dios y que viven colmados.

«Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.» El arrepentimiento, si es verdadero, conduce a una decisión: Confesar los propios pecados y pedirle perdón a Dios. Como en la parábola el padre es un ser humano, el hijo arrepentido se propone decirle: «He pecado contra el cielo* (es decir, contra Dios) y contra ti». Dice contra Dios en primer lugar porque eso hacemos en realidad cada vez que pecamos (Sal 51.4).

 «Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.» Arrepentirse implica humillarse: «No soy digno de que me recibas de nuevo en tu casa, no soy digno de que me perdones, de que me acojas. Trátame como al último de tus jornaleros porque, aunque yo soy tu hijo, no merezco serlo». Así es. Para acercarse a Dios debe humillarse hasta el suelo. Entonces él en su misericordia, y sin que lo merezca, lo levantará (1 Pe 5.6–8).
Por suerte, Dios no desfallece en su fidelidad y, aunque nos alejemos y perdamos, nos sigue con su amor, perdonando nuestros errores y hablando interiormente a nuestra conciencia para volvernos a atraer hacia sí.; Sólo experimentando arrepentimiento, reconociendo que somos amados con un amor gratuito, más grande que nuestra miseria y que nuestra justicia, entramos finalmente en una relación verdaderamente filial y libre con Dios.
Sabiendo que somos hijos de Dios pensamos que lo merecemos todo. A veces no somos ni capaces de agradecer a nuestro Creador por el gran don de la vida. Y, mucho menos, nos esforzamos por corresponder a su amor infinito.
¿Cuánto hemos recibido de Dios? ¡Todo! Sin embargo lo vemos como una obligación de parte de Él. Podríamos llegar a quejarnos cuando no recibimos lo que queremos y tal vez hasta hemos llegado al punto de exigirle.

Dios, en su infinita bondad, no cesa de colmarnos de sus gracias y hasta cumple con nuestros caprichos. No importa si le agradecemos o no.

Lo más hermoso es ver que Dios no se cansa y por mucho que nos alejemos de Él, cuando deseamos volver, ahí está con los brazos abiertos esperándonos con un corazón lleno de amor.

Dios es el Pastor que se alegra al encontrar la oveja perdida. Él es el Padre que espera a su hijo perdido con grandes ansias, le perdona cualquier falta cuando ve un verdadero arrepentimiento y lo llena de su amor. Digamos a Cristo: "Señor Tú lo sabes todo… tu sabes que te quiero"

¡Cuántas veces hemos ofendido a Dios con nuestros pecados, desperdiciando los dones que nos dio! Y sin embargo, Dios está siempre esperándonos: ya desde lejos ve a su hijo y se adelanta hacia él para abrazarlo y besarlo. Qué hermoso detalle de la parábola para mostrarnos la paciencia y el amor de Dios para con nosotros, pobres pecadores.

Dios exige arrepentimiento: el hijo pródigo se levantó y volvió arrepentido a su casa, en una actitud humilde, le dice: “no merezco ser llamado hijo tuyo”. Dios no perdona al que no se arrepiente, porque éste no quiere ser perdonado. Dios exige nuestro asentimiento libre a su amor infinito: no nos puede salvar contra nuestra voluntad; nos ha creado libres.
El pecador arrepentido recupera la gracia y las virtudes que vienen con ella: es el vestido y el anillo que el padre manda poner a su hijo. En el arrepentimiento Dios nos da una vuelta a la vida, porque se recupera la gracia, participación de la vida misma de Dios: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Quien está en pecado mortal está muerto para Dios; sólo la frágil vida humana lo separa de la muerte eterna, que es el infierno.

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